sábado, mayo 25, 2019
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Hace unos años, un grupo de personas con deseos de cambiar el país
quiso hacer que en el Perú funcionara un decálogo del desarrollo, una
lista de actitudes que, de practicarse, hubieran hecho de nosotros
mejores personas; y de nuestra sociedad, un conjunto de seres
humanos con principios y buenas prácticas de vida.
El promotor de esa iniciativa fue el empresario Octavio Mavila, quien,
tras un recorrido por distintas regiones del mundo, llegó a la
conclusión de que el ansiado desarrollo se debe básicamente a la
actitud de los habitantes de un país y a su comportamiento como
personas en la vida diaria, lo cual se refleja en su familia, en el
trabajo y en sus actividades económicas.
A pesar de haberse difundido a través de diversos medios y en
muchas instituciones públicas y privadas, los postulados de ese
decálogo, lamentablemente, no se llegaron a cumplir. Sus creadores,
entre los que había empresarios, profesionales destacados y
funcionarios privados y públicos, fueron desapareciendo y el país
sigue como entonces. O, para ser realistas, peor que entonces.
Por eso, quizá sería hora de revivir este proyecto pues, sin duda,
tanto al Estado como a los habitantes del país nos interesa
emprender la senda del desarrollo.
Los deseos primarios de una persona son tener un trabajo bien
remunerado, progreso y armonía en su vida. En nuestro país, una
gran cantidad de personas no progresa porque, al no tener la
instrucción necesaria, no gana lo suficiente y, en consecuencia, no
tiene la oportunidad de cubrir las necesidades materiales que forman
parte del bienestar personal.
Pero para lograr el progreso hay también otros aspectos, como el
buen comportamiento que, en los países desarrollados, es común a
todos los ciudadanos pues de no seguir las reglas de conducta
dictadas por las autoridades son severamente castigados.
El primer postulado del decálogo del desarrollo es el orden, que debe
ser practicado en primer lugar por las autoridades, pues es lógico que
si los servicios públicos –como el transporte, el recojo de la basura, la
atención de los problemas de salud– no funcionan adecuadamente, la
vida de los ciudadanos se trastorna.

El segundo mandato del decálogo es la limpieza, que en los países
desarrollados se nota en las calles, en los vehículos y en la apariencia
de las personas. Pero ¿cómo exigir esa condición a miles de personas
que viven en medio de arenales, lugares donde el agua no llega a sus
viviendas, donde no hay servicio de desagüe y en los que los
desperdicios se arrojan a las calles?
Además del orden y la limpieza, con el decálogo se trataba de
desarrollar en la población actitudes positivas, como la puntualidad,
la responsabilidad, el deseo de superación, la honradez, el respeto a
los derechos de los demás, el respeto a la ley, a los reglamentos, el
amor por el trabajo y el afán por el ahorro y la inversión.

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