domingo, mayo 26, 2019
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Por Jorge Pereyra
Eras uno de esos locos de los que ya quedan muy pocos. No sé qué
era más grande si tu locura o tu corazón. Aunque, por paradoja,
dicen que te moriste del corazón.
Y es que presumías de tener un frondoso corazón de gitano,
indiopishgo, y algodón que ya no te cabía en el cuerpo. Recuerdo que
cada vez que saludabas el corazón se te salía por la mano.
¿Por qué tenías que morirte, mi Panchillo, si eras un grillo travieso
que tiernamente llamaba a la lluvia con su canto de anís y jazmín?
Anoche, en tu velorio, vi maravillado cómo las flores convulsionaban
y se arrancaban de los arreglos y coronas mortuorias para seguir la
dulce fragancia de tu viaje hacia el otro borde del universo.
Las amenas tertulias de café y tamalito en el restaurante El Zarco,
con el Totín Esaine, atusándose el bigote, y nuestras filosofales
caminatas alrededor de la Plaza de Armas hasta que la tarde se
disfrazaba de noche, ya no serán las mismas.
¿Recuerdas la «chapa» que te puse hace tiempo: «científico loco de
película mexicana»? Y tú retrucaste encajándome otra: «duende loco
de manicomio pituco».
Romántico incurable, viejo verde, pishtaco azul, monje fornicador.
Eras un gato viejo, casi sin dientes, que se solazaba masticando la
pulpa de las ratoncitas tiernas. Y es que el corazón, mi querido
Panchillo, nunca se arruga.
Te veo, esperándonos, al final del camino que todos tendremos que
recorrer, llamándonos suavemente con la mano. Y una lágrima mía,
con alas de plata, vuela hacia ti, Panchillo, para llover como un
diminuto confeti del Carnaval cajamarquino que tanto te gustaba.
Curandero de tristezas, sanador de las melancolías que agobiaban a
tus amigos. Yo te saludo, amigo y hermano, porque ocultabas tus
penas y achaques detrás de esa enorme risa rasposa que atraía a las
mariposas rubias y analfabetas.
Voy a tener que acostumbrarme a que te moriste, sin advertirme,
malvado. Y esta vez si fue en serio. No como las otras veces que el

loco Terry, por venganza, pregonaba por plazuelas y avenidas que te
habías muerto porque no le dabas su propina.
Adiós Panchillo. Va a ser muy aburrido vivir lo que me queda, sin ti.

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