Jorge Zevallos Quiñones Pita

El derecho a la dignidad en los hospitales

Empezó con un entumecimiento en el glúteo izquierdo en Lima. Luego, sobrevino una alta sensibilidad que me hacía dificultoso el caminar. Tuve que dormir del lado derecho, de lo contrario, «vería a Judas calato». Comencé una peregrinación médica. El traumatólogo 1 diagnosticó inflamación y prescribió pepas. Llegué a Trujillo y visité al traumatólogo 2. El galeno pidió radiografías -inflamación y pepas- dijo. Caminar se hizo imposible. La cosa no funcionaba y visité al reumatólogo: -falsa ciática y síndrome piriforme- sentenció. Pepas, fisioterapia e inyecciones.

No mejoraba. Empecé a desesperar. Visité al cirujano neurólogo. Pidió una resonancia y con la certeza de la alta resolución, ubicó 2 hernias discales moderadas, derivándome al médico rehabilitador (sobrino del gran poeta cajamarquino Mario Florián, a quién evocamos con fervor). Aquella enorme inyección epidural penetró mi piel. Volví a ser normal. Una nueva fisioterapia, esta vez direccionada. Finalmente, estoy recuperado. Derroté a esta suerte de «Allien». Claro, todos esos gastos los pude sufragar con la profesión que me dieron mis padres y en un tiempo ideal.

En esas idas y venidas a los consultorios, me percaté de las infames colas a la (salvaje) intemperie que humildes compatriotas hacen en diferentes hospitales, de día y de noche. Debe ocurrir en costa, sierra y selva. Apretujados en veredas y jardines aledaños. Esperando una lejana cita o listos para llorar y clamar por la pronta atención de un familiar que espera a inmediaciones, llenos de incertidumbre.

Me pregunto. Acaso los médicos y médicas que trabajan en esos establecimientos públicos -que muchas veces se llevan a estos pacientes a sus consultorios privados- no podrían acaso hacer «una chanchita», hacerse una y adquirir módulos techados movibles que protejan del frío a estos peruanos?. Donde quedó la solidaridad, la nobleza gremial médica?. Y entonces tenemos que hablar del primero de los derechos. De la dignidad humana, que cada uno de los peruanos tiene por el mero hecho de ser una persona. Este principio capital está fijado en el artículo primero de nuestro «catálogo de ilusiones», o sea, la constitución.

«La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y el estado» reza la norma. Esta no es una declaración vacía. Nació en una sangrienta revolución nacida en Francia en el siglo XVIII que luego se exportó al mundo entero, no para decorar una pared sino para ser internalizada en nuestros corazones y en los pupitres del poder. Ver a nuestros compatriotas a la intemperie pisotea su dignidad. Darles un tiempo lejano para ser atendidos pisotea su dignidad. No convidarles nada en esas circunstancias, pisotea su dignidad.

La finalidad del estado y de las administraciones públicas es contribuir con el bienestar general de los ciudadanos, a cambio de un buen sueldo y no pocos beneficios a los funcionarios públicos y jamás, convertirse en un fin en sí mismos. Los médicos ganan bien. Casi todos tienen ingresos del sector público y privado. Si se reunieran y decidieran proteger la dignidad de los peruanos mencionados con pequeños actos de solidaridad como lo sugerido, darían un hermoso obsequio a la sociedad. Es su cancha. El hospital es como una segunda universidad, trátenla con cariño, por dentro y por fuera. Además, es la casa del jabonero, el que no cae, resbalará después ahí.

 

 

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