A 50 AÑOS DEL TERREMOTO DE ANCASH ¿QUÉ APRENDIÓ PERÚ?

A 50 AÑOS DEL TERREMOTO DE ANCASH ¿QUÉ APRENDIÓ PERÚ?

A propósito de cumplirse mañana el 50 aniversario del devastador terremoto de Ancash, Deutsche Welle elaboró un informe en el cual se pregunta ¿Qué aprendió Perú?

Tras 5 décadas no hay una cultura de prevención

Recién en el 2007, luego del terremoto de Pisco, se entendió la necesidad de ejecutar programas

El día fue, como en este 50 aniversario, domingo. A las 3:23 de la tarde, la tierra comenzó a temblar en Lima. Muchos acababan de ver el partido inaugural del mundial de fútbol México ’70, donde la selección peruana debutaría dos días después, recuerda la prensa capitalina.

Vivieron 45 segundos de pánico. Pero, ni el terremoto de magnitud 7,9 en la escala de Richter y máximas intensidades entre VIII y IX en la de Mercalli afectaría gravemente a la capital peruana, ni el desastre de ese día terminaría con él.

Terremoto y aluvión

El epicentro del movimiento telúrico se ubicó en el mar de Chimbote, en el departamento de Áncash, a 375 km de Lima. Y desató además un alud: “una gran masa del glaciar del Huascarán cayó sobre su cara sur. Originó una gigantesca masa de tierra, rocas, árboles, barro, que se convirtió en aluvión” y arrasó localidades enteras como Yungay Ranrahirca, cuenta a DW Néstor Coral, hoy director en Áncash del Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI).

Los efectos destructivos de estos fenómenos cubrieron un área de 65.000 km cuadrados. Afectaron prácticamente a todo el departamento de Áncash y el sur del de La Libertad: más de 3 millones de habitantes sufrieron consecuencias. 186.000 fueron considerados como damnificados. Y al menos 150.000 resultaron heridos, según un noticiero de la época.

De 38 poblaciones, 15 quedaron con más del 80 por ciento de las viviendas destruidas, el resto sufrió daños de consideración. En 18 poblaciones con más de 300.000 habitantes en total y 81 pueblos pequeños con casi 60.000, los alcantarillados quedaron inhabilitados.

La capacidad de generación de energía eléctrica de los departamentos de Áncash y La Libertad quedó reducida al 10%.

El 77% de sus caminos se interrumpieron, así como el 40% de los de Chancay y Cajatambo, al norte del departamento de Lima. Y más de 6.500 aulas de centros educativos quedaron destruidas, resume un informe-testimonio del fallecido geofísico y asesor científico del INDECI Mateo Casaverde.

El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) lo considera como “uno de los terremotos más destructivos del mundo”, con al menos 70.000 muertes.

Reasentamiento, reacción y prevención

“El país no estaba preparado para afrontar un evento de esta magnitud”  dice la arquitecta Guadalupe Masana, especialista del Centro Nacional de Estimación, Prevención y Reducción del Riesgo de Desastres (CENEPRED).

No había protocolos de actuación. Así que Yungay fue reubicada a escasa distancia al norte de su localización original. Y otras poblaciones como Ranrahirca y Huaraz se reconstruyeron prácticamente en el mismo lugar.

Eso sí, en 1972 se crea el Sistema Nacional de Defensa Civil, con el INDECI como ente rector, como una consecuencia directa de la tragedia. Aún “se tenía una concepción reactiva”, de gestión de desastres, explica Coral. Y no es hasta después del terremoto de Pisco, en 2007, que se comprende la necesidad de trabajar en la prevención, precisa.

Pero no sería hasta esta década que “evolucionamos hacia un Sistema Nacional de Riesgo de Desastres, consecuente con el avance de otros países del mundo hacia una cultura de la prevención”, relata este experto del INDECI.

Desde 2011, se involucra gradualmente a las autoridades distritales, provinciales y regionales. El Gobierno nacional interviene, previa declaratoria del estado de emergencia, cuando se ven superados todos los niveles de respuesta. Y además de la gestión reactiva, se incorporan la prospectiva y la correctiva (para estimar y reducir el riesgo de desastres, respectivamente). Es así que se crea el CENEPRED, encargado de las nuevas gestiones.

A mayores riesgos, ¿mayor preparación?

En la actualidad, los niveles de riesgo y especialmente la vulnerabilidad de las personas se han incrementado. Por un lado, está la explosión demográfica en el país. Por otro, la corrupción o desidia de algunas autoridades a lo largo de los años, que permitieron que se construyera en zonas de riesgo; el crecimiento explosivo de construcciones sin una adecuada planificación territorial; o las viviendas autoconstruidas en contextos de pobreza, confirma la arquitecta del CENEPRED.

Y está también el calentamiento global, que ha provocado la desglaciación y la formación de cientos de nuevas lagunas, como la de Palcacocha, sobre las principales ciudades del Callejón de Huaylas, advierte el experto del INDECI.

“Las lagunas están controladas, con diques, sistemas de compuertas y desagües. Pero no dejan de ser un riesgo, no inminente, pero sí latente”, subraya. De ahí que las autoridades trabajen en sistemas de alerta temprana, para permitir a la población resguardar sus vidas, a través de alarmas, rutas de evacuación, zonas seguras, etc.

Además, suele recordarse el terremoto de 1970 con un Simulacro Nacional de Sismo y Tsunami, que estaba programado este año para el 29 de mayo y quedó suspendido por el coronavirus.

Y el sistema de educación tiene un programa para formar a las nuevas generaciones. “Va a tomar muchos años”, advierte Coral, “pero es la única forma porque, lamentablemente, no tenemos asentada una cultura de la prevención”.

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