Adiós 2020… ¡Nunca más!

 

 

Este año 2020 será un año para olvidar. Un año para dejar atrás. Un año en el que la pandemia del COVID-19 nos privó de la libertad, y gracias a la incompetencia de nuestros gobernantes de turno ocasionó la muerte de miles de peruanos, generando una crisis social y económica sin precedentes, de la cual aún no tenemos visos de salir, ni por asomo.
Quisiera pensar que nuestros gobernantes no tuvieron la intención de hacer las cosas tan mal. Pero eso no justifica las nefastas consecuencias que tuvieron sus acciones. Pero si de algo estamos seguros es que el 2021 no será mejor que al año que se va. Será un año más difícil de sobrellevar que el 2020, porque veremos en carne propia las consecuencias de un año que rompió nuestros corazones y nubló nuestras mentes.
Lo feo del 2020 fue la mezquindad de nuestra élite política y empresarial. Una mezquindad que no descubrió la necesidad que tenemos los seres humanos de solidaridad, de acuerdos, de concertación, de diálogo y de unidad. La pandemia se convirtió en un escenario para que lo peor de nosotros saliera a flote. Y salió para convertirnos en villanos, en los malos de la película, en los últimos de la fila, en los derrotados de siempre, en los marginados del mundo, en los reyes del fake news, la mentira y el asalto a mano armada de ese botín llamado Estado.
Lo malo del 2020 fue el fracaso del modelo de crecimiento económico que nos acompañó los últimos 30 años, un modelo incapaz de incluir a todos en ese jolgorio llamado bonanza. Una bonanza que terminó excluyendo a las mayorías, que no tuvo la menor sensibilidad con los desposeídos, con los pobres, con esa clase trabajadora que dejó todo en la jornada diaria, y en el sudor de su frente, que no conoció de utilidades ni de mejoras salariales, con honrosas excepciones.
Pero como todo lo malo –y sabiendo que las sociedades no se crean ni se destruyen, sino que solo se transforman—viene acompañado de algo bueno, descubrimos que existe esperanza. Que los sueños por construir un mejor mañana no se apagan con un virus sin vacuna, ni con una organización criminal para delinquir, ni con actos de corrupción que generan escándalos. Los sueños perduran, y acompañan la creación humana desde que asumimos que somos homo sapiens y podemos convertirnos en dioses terrenales, gracias al avance de la ciencia y la tecnología, que sigue dando muestras de que está más viva que nunca.
Esa esperanza que nos queda en la retina cuando vemos una generación Bicentenario que sale a las calles para exigir un cambio, que pone en vereda a mafiosos oligárquicos que ven sus últimos días cada vez más cerca. Una oligarquía jaqueada por un mediocre político provinciano, que a pesar de ser parte de la decadencia del régimen que expira, puso en jaque a una tecnocracia limeña que no entiende aún qué ocurre con sus privilegios de siempre. Lo digo claramente: Llegaron a su fin. Ahora toca construir un nuevo mundo. Toca hacerlo ya. ¡Manos a la obra!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: