Apuntes de Nuestra Historia

Fernando Guzmán Zumaran

fernandoguzmanzumaran@yahoo.es

Nuestro Presidente “mocho”

En estos momentos tan difíciles que pasa el mundo entero, donde la economía mundial ha empezado a correr a cien por hora para recuperarse de las caídas de los PBI en los cinco continentes, el Perú también está  jugando su partido hacia la recuperación. Pero para nosotros  los efectos de una pandemia que todavía no ha terminado, se ve agravada por los resultados electorales, que ha polarizado el país como nunca antes visto, por lo menos en varias generaciones y que ha llevado a la presidencia de la República, al primer gobierno de izquierda en la historia de nuestro país, al maestro, Pedro Castillo Terrones. Se dice que el profesor Pedro Castillo es el primer Presidente de la República de rasgos andinos y de cuna humilde en llegar al sillón de Pizarro, eso no es cierto. Esta todavía fresco el gobierno de Alejandro Toledo, “cholo sano y sagrado”, de origen y rasgos andinos, nacido en el poblado de Cabana, Ancash, que trabajo de niño de lustrabotas en Chimbote y que según las investigaciones del escándalo Odebrecht, termino cobrando coimas por más de treinta millones de dólares. Pero también de niño, trabajo de lustrabotas en Piura, el dictador Juan Velasco Alvarado, otro de nuestros gobernantes de origen humilde, que llegó a cambiar las estructuras económicas de nuestro país.

También tenemos a Luis Miguel Sánchez Cerro, figura interesante en nuestra historia, porque gobernó pocos años, pero en su gobierno hubo de todo. Crisis internacional, incidentes armados con  vecinos, insurrección civil, torturas, asesinatos, magnicidio. Hagamos un poco de memoria.

Luis Miguel Sánchez Cerro nació en Piura el 12 de agosto de 1889, en el seno de una familia humilde. Se dice que fue el primer presidente indígena de nuestro país. Descendía de esclavos negros de Madagascar que pertenecían a la tribu de los mangaches en Piura. Desde muy joven demostró su carácter fuerte y ganas de salir adelante. Ingreso a la escuela de oficiales del ejército, salvando las barreras racistas existentes en esos años. Por su valentía y buen desempeño escaló rápidamente posiciones llegando a teniente. Ahí empieza su presencia política, porque en 1914 participa activamente en el derrocamiento del presidente civil Guillermo Billinghurst. Fue en ese levantamiento, asaltando palacio, que pierde los dos dedos de la mano derecha, lo que le valió el apelativo de “el mocho”. Es promovido a capitán, para luego de tres años ser ascendido a mayor. Pero como no podía con su genio, había empezado a conspirar contra el régimen de Leguía, y en 1922, es arrestado siendo llevado a la isla de Taquile, en el lago Titicaca, conducido luego de unos meses a la isla San Lorenzo, frente al Callao. Ya libre y sin trabajo paso dificultades económicas, dedicándose a diversos trabajos. En el libro de entrevistas a Luis Bedoya Reyes, escrito por Harold Forsyth, cuentan la divertida anécdota sobre Tomás Meza, mayordomo que trabajo como 40 años en Palacio de Gobierno, y estuvo en los once años de Leguía. Cuenta que por los años de 1924, estaba Meza, por la plaza mayor y se acerca un Sánchez Cerro pobre y deprimido y le dice: “ayúdame, quiero hablar con Leguía, estoy que me muero de hambre”. Y Meza le responde: “Encuéntreme usted aquí mañana”. El mayordomo habla con Leguía y, siendo este un hombre muy práctico, acepto recibirlo. Luego de un diálogo lo reincorpora al ejército. Tiempo después, al despedirlo camino a Arequipa para asumir mando de tropa, Sánchez Cerro le dice a Leguía: “usted es para mí como un padre”, y en Arequipa lo derroca al término de la distancia. En 1930, junto a otros militares detienen a Leguía, forman una junta militar y es nombrado Presidente provisional. Pero esta elección no es del agrado de varios de sus aliados, lo que hace que deje la jefatura de gobierno. Luego de varios entuertos políticos, el líder David Samanez Ocampo llama a elecciones presidenciales, realizándose el 11 de octubre de 1931. Sánchez Cerro, que había postulado a esta contienda electoral, gana la elección. Luis M. Sánchez Cerro, con 50,000 votos de diferencia le gana la contienda a Haya de la Torre, empezando una muy mala relación entre apristas y Sanchezcerristas. 

En su gobierno se hizo cosas buenas, como la constitución de 1933 o la derogación de la ley de conscripción vial, que obligaba a la población indígena a trabajar en obras viales. Pero la parte negativa fue el autoritarismo que impuso el régimen. Encarceló a Leguía, muriendo de una forma lamentable, dejando que la turba entrara a su casa a robar y quemar todo. Se persiguió de una forma feroz al partido aprista, encarcelando y torturando a sus dirigentes. El 7 de julio de 1932 hubo un levantamiento en la ciudad de Trujillo, dirigida por cuadros apristas de choque, asaltando el cuartel O’Donovan y luego tomando la ciudad por tres a cuatro días. Sánchez Cerro envió al ejército, tomando represalia contra los levantados en armas de una forma muy violenta. Algunas zonas de Trujillo fueron  bombardeadas y luego de tomar el control de la ciudad, por el ejército,  se formó  una corte marcial donde murieron cientos de apristas y no apristas. Esos años se hicieron ingobernables, con huelgas de trabajadores obreros, pequeños levantamientos militares y violencia política. Todo este clima interno era alimentado por factores externos graves, como fue la crisis económica mundial producto de la quiebra de la bolsa de valores de Nueva York, que llevo a una gran depresión. Y acá hay otra anécdota sacada del libro de Harold Forsyth en sus conversaciones con Luis Bedoya Reyes. Como hemos dicho Sánchez Cerro fue de carácter fuerte e impulsivo. Pero también se le conocía por no tener buenos modales, le aburría las sesiones de gobierno  muy técnicas, y no tenía problema en mandar al diablo a cualquiera. En una sesión urgente para ver las medidas económicas que se debía tomar en esta coyuntura mundial de depresión generalizada, estaban media docena de técnicos, comandados por el ministro de hacienda, don Miguel Augusto Olaechea. Entonces, en una mesa larga en un salón de Palacio, estaba Sánchez Cerro y al otro extremo estaba don Manuel Augusto quien comienza a leer un documento muy sesudo, muy fundamentado, pero muy complicado. La jarita, joven ayudante, amigo de infancia  y asesor de Sánchez Cerro, sabía que cuando Sánchez Cerro se impacientaba comenzaba a tamborilear con los dedos la mesa y notó que estaba en su primera pieza, si lo podríamos  llamar así, tamborileando. Lo siguió atento y vio que a los pocos minutos volvía a mover con impaciencia los dedos. Entonces se jugó entero La Jarita antes de que llegara el tercero, en que iba a estallar con cualquier modo propio de él, incluyendo las lisuras correspondientes. Se abalanza y dice: “¡Por favor, un momento, señor ministro!”. Gran sorpresa en la sala y la Jarita, entonces, le dice a Sánchez Cerro: “mire señor presidente, lo que nos está diciendo el señor ministro es que el Perú está jodido y que si no hacemos lo que él dice que hay que hacer nos vamos a la mierda. “Ah, carajo- dijo Sánchez Cerro- Así se habla. Señor ministro, ¿Qué tengo que firmar?” 

Los cientos de torturados y fusilados apristas en Trujillo, Chocope, Cajabamba y otros pueblos, le pasaron “la factura”. El 30 de abril de 1933, pasando revista a la tropa, en el Hipódromo de Santa Beatriz, Sánchez Cerro es asesinado por un fanático aprista, disparándole mortalmente. Falleció en el hospital italiano, a la 1.10 pm.

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