Apuntes de Nuestra Historia

Fernando Guzmán Zumaran

fernandoguzmanzumaran@yahoo.es

A 58 años del magnicidio en Dallas

El reloj marcaba las 12.30 de la tarde, del 22 de noviembre de 1963. El día era festivo en la hermosa ciudad sureña de Dallas, Texas. La gente se había aglomerado en las calles del centro de la ciudad para ver pasar al Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy. En el país norteamericano se vivían las luchas reivindicativas de los derechos de los afroestadounidenses y las primeras manifestaciones contra la guerra de Vietnam. Pero, en general, el ambiente era de tranquilidad y “sin peligro”, tanto así que la limusina presidencial descapotable iba totalmente plegada.

John.  F. Kennedy  salió de la Base Aérea de Carswell, llegando el avión Presidencial  al aeropuerto de Dallas Love al promediar las 11.40 de la mañana. Rápidamente baja acompañado de su esposa Jacqueline y se enrumba al centro de la ciudad. En la limusina Presidencial de tres filas de asientos, iban  dos agentes de seguridad, uno de ellos de conductor. En la segunda fila iba el Gobernador del estado y su esposa y en la última fila, el Presidente acompañado de su esposa Jacqueline Kennedy. Durante el trayecto, la gente le muestra sus simpatías al primer Presidente Católico de los Estados Unidos, donde él tiene también muestras de aprecio hacia los ciudadanos. A la 12.29 la comitiva presidencial hace su ingreso a la Plaza Dealey y avanza por la calle Houston. En la intersección con la calle Elm voltea hacia la izquierda y a muy baja velocidad pasa por el tristemente famoso edificio del almacén de libros de Dealey. El reloj marca las 12.30, en ese momento, en cuestión de cinco segundos se escuchan tres tiros. El primero va terminar en la acera, el segundo entra por la parte de la espalda del presidente y sale a la altura de su garganta, en ese momento, Kennedy se agarra el cuello con las manos y Jacqueline se da cuenta que algo está pasando. El tercer disparo, con una precisión digna del mejor francotirador, impacta en el pariental derecho de la cabeza, haciendo esparcir esquirlas del cráneo semi abierto. El carro presidencial aumenta la velocidad y va directo al hospital Parkland donde de inmediato fue tratado por los mejores neurocirujanos. Trataron de mejorar la presión sanguínea y poder estabilizarlo, pero la tremenda herida abierta en el cráneo no dejo duda alguna: había muerte cerebral del paciente. A las 13.00 horas de Dallas, se confirma la muerte del Trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy.

La noticia se difunde a lo largo de todo el país, sumiendo al pueblo norteamericano en una gran tristeza y conmoción. Con esa misma rapidez la policía y el FBI habían empezado a buscar al asesino del presidente. Aproximadamente dos horas después del asesinato de Kennedy, la policía arresta en una sala de cine a Lee Harvey Oswald, sospechoso de matar hace minutos al policía J. D. Tippit, en un vecindario de Dallas. Llevado a la comisaría, luego es acusado del asesinato del Presidente Kennedy. Lee Harvey Oswald se enfrenta a interrogatorios y dos días después, en pleno ajetreos de idas y venidas, custodiado por la policía, es asesinado por Jack Rubenstein, alias “ruby”, empresario de mala calaña con conexiones con la mafia y políticos. Bajo presión de la opinión pública, los informes de agencias como el FBI y comisiones investigadoras hacen su mejor esfuerzo para esclarecer este asesinato. Es así que el 29 de noviembre, el presidente Lyndon B. Johnson crea la comisión Warren que presenta su informe en setiembre de 1964. Entre las conclusiones dice que Oswald fue el asesino del presidente, que actuó solo y que lo hizo por convicciones personales. También concluyen que la policía no cometió ninguna falla en la seguridad del presidente, como en el cuidado a Lee Oswald, y que Jack Ruby asesinó a Oswald sin ayuda de nadie. Al final, recomienda al servicio secreto mejorar sus procedimientos y adecuarlos a las necesidades de movimiento del presidente de los Estados Unidos. Ha pasado más de medio siglo de este asesinato y la opinión pública norteamericana no quedo conforme con ninguno de los informes oficiales sobre este magnicidio. A lo largo de los años, un gran porcentaje de la población estadounidense ven en este asesinato una mano conspirativa, llegando actualmente a un 60% de ciudadanos que creen que hubo alguna confabulación en el asesinato de Kennedy. El número de teorías son diversas. Desde la que acusa al Presidente Lyndon B. Johnson de haberlo mandada a matar con ayuda del servicio secreto, porque tenía problemas políticos que iban a salir a la luz y frustrar su carrera hacia la presidencia. O la mafia, que no lo quería como presidente, porque no había apoyado firmemente a los anticastristas en la fallida invasión de la bahía de Cochinos, perdiendo para siempre la oportunidad de derrotar al régimen de Fidel castro y con eso el no retorno del crimen organizado a la isla. También hay teorías como las de los magnates del petróleo, que en ese momento estaban exentos de impuestos y que el Presidente demócrata se había comprometido a modificar. Pero una de las teorías más arraigadas en el ciudadano es que al Presidente Kennedy lo asesinaron los grandes intereses económicos de las corporaciones industriales y militares por el temor a que terminara con la Guerra de Vietnam, y  buscar el desarme y la cooperación global para acabar con la Guerra Fría. El magnicidio del Presidente John F. Kennedy se une a varios otros como el de Abraham Lincoln, pero luego de 58 años del trágico suceso sigue siendo uno de los mayores enigmas del siglo XX.

 

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