Edistio Cámere: La docencia como virtud

A propósito del día del maestro, vale la pena pararse a reflexionar acerca del que hacer docente como virtud, que es la calificación que mejor conviene a su actividad, pues cuando educan “no está en juego su propio desarrollo ni son los padres de las criaturas” (De la Vega, J., 2009) Quien educa– en sentido estricto – no recaba para sí ningún rédito personal. El docente ya está formado profesionalmente. Su empeño en enseñar, por tanto, obedece más a los beneficios que reporta para sus estudiantes; con quienes, a su vez, no guarda relaciones afectivas fundadas en lazos de sangre o de parentesco.

Las características y responsabilidades exigidas al docente y las demandas propias de los alumnos son tales que su cumplimiento no encuentra cabal compensación por la vía salarial. Sin restar en absoluto su importancia, la justificación eficiente y eficaz de su quehacer anida en la calidad de su vocación que, de manera patente, se despliega en su actuación cotidiana como docente y se muestra como virtud ante sus alumnos.

El que hacer del docente esconde los ribetes de espectacularidad, no refulge como primicia mediática ni tampoco será tópico en una sesión de ministros. Lo suyo es el esplendor de la mirada del alumno al descubrir que uniendo letras compone una palabra con sentido; es la algarabía que estalla al sonido de la campana señalando el inicio del recreo; es el mal momento que pasa el docente cuando tiene que reconvenir por alguna conducta inadecuada; es, en suma, el apogeo de lo cotidiano, de las cosas pequeñas que se hacen grandes y perennes a fuerza de que el alumno las haga suyas.

Esa fuerza amable, pero exigente solo se acciona por el heroísmo discreto y diario del docente, quien dejando de lado sus avatares personales no ceja en el ahínco de comenzar cada día con renovados bríos. La repetición de actos conforma hábitos y estos se transforman en virtud. La virtud es una cualidad estable que se incrusta en la naturaleza humana y permite realizar una acción con facilidad, prontitud y agrado.

La niña indispuesta, el niño distraído, la adolescente melancólica, el joven desmotivado, el profesor cansando, la profesora con el hijo enfermo, el ambiente adverso… Son hechos de los que no está exonerada la docencia; no obstante, le confieren un sello radicalmente magnánimo, pues en ella están comprometidas la libertad y la responsabilidad del docente, que lo facultan para trascender, llenando de humanidad el acto educativo.

La virtud del profesor se alimenta de su vocación a la docencia. La vocación es como un faro que centra su haz luminoso sobre lo medular del quehacer educativo, dejando en la penumbra las formas, las incomprensiones, el esfuerzo sostenido y las ingratitudes no porque no le afecten o se las pretenda evadir, sino porque aquellas no alcanzan a opacar la esencia de la profunda y magnifica tarea de educar para un futuro con esperanza a las nuevas generaciones. ¡Feliz día, maestro!

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