EL TÚNEL Y LOS TOPOS DEL PENAL CASTRO CASTRO

EL TÚNEL Y LOS TOPOS DEL PENAL CASTRO CASTRO

Por Rolando Donayre Rios
Periodista
Una mañana de invierno conocí a Augusto Thorndike, actual presentador de noticias de América TV. Yo trabajaba en la Oficina de Prensa del Instituto Nacional Penitenciario (INPE) y me comisionaron para que lo acompañe al penal más picante de Lima, el Sarita Colonia del Callao, a fin de cubrir la explosiva y bullanguera final de un campeonato de fulbito.
Durante el viaje conversamos acerca de su padre Guillermo de quien yo conocía algunos libros que había escrito. Entre ellos uno que me llamó la atención fue “Los Topos” que es el relato de la fuga de 48 internos sentenciados por terrorismo del penal Miguel Castro Castro, hecho ocurrido el domingo 8 de julio de 1990. Entre ellos estuvo Víctor Polay Campos, líder del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA).
Le pregunté a Augusto cómo su padre había podido conocer los detalles de esta asombrosa fuga.  Él me contestó que su curtido progenitor ya se había retirado del periodismo y que estaba dedicado a escribir libros de historia que era algo que le gustaba mucho. Según me contó, los datos los obtuvo de muchos internos a quienes entrevistó en el mismo penal.
Conseguidas estas informaciones, el periodista compiló todo en un libro que sería bueno que el público pudiera leer para hacerse la idea de cómo se planea y ejecuta una fuga utilizando un túnel que fue hecho pacientemente, poco a poco, y que finalmente cumplió su cometido, logrando la fuga de un grupo de presos.
Yo mismo me di el trabajo de leer “Los Topos” y en una siguiente comisión de trabajo me trasladé hasta el lugar de los hechos, nada menos que el penal Miguel Castro Castro, un penal que tenía como objetivo apresar exclusivamente a los comandos terrorista, cuya capacidad era para 1,500 personas (Actualmente tiene más de 4,000).
Dicho recinto penitenciario es un fortín impresionante. Fue diseñado como un panóptico, construcción central cuya forma hace que los celadores puedan observar totalmente a la población penal (360 grados) desde un punto de vista estratégico.
Las rejas de ingreso y salida de los 12 pabellones apuntan hacia este óvalo principal, por donde los reclusos debían transitar forzosamente todos los días para realizar sus actividades de rehabilitación entre ellas, trabajos en cerámica, gastronomía, panadería, trámites con abogados, estudios, atenciones de salud en el tópico, entre otras. Nada se escapaba del “Ojo de Mirador” penitenciario.
Debo confesar que mi interés periodístico me impulsó poderosamente a investigar respecto a este túnel, y sobre todo los detalles de la fuga de internos. Me preguntaba si ya todo había sido escrito sobre este hecho, si tal vez había otros personajes invisibles que no aparecen en el libro Los Topos y tal vez me darían más luces de este escape impresionante.
Fue así que me entrevisté con muchos reclusos. Conversé con varios delegados quienes conocen a todos sus compañeros de celda. Entre ellos me encontré con un personaje muy peculiar del penal. Era un interno muy gentil y el peso pesado en la coordinación de nuestros eventos culturales y deportivos del penal. Su apellido era Chuquiruna quien también aparece en el libro de Thorndike.
“Chuqui” (así lo conocían en el penal) me contó detalles impresionantes de esa fuga. Me reveló que él mismo fue uno de los que escaparon aquel día. “Yo no pensaba fugar, me desperté y fui al baño, pero aquella vez descubrí el túnel por casualidad”, me confesó. Él vivía recluido en el pabellón 2A. Me dijo que uno de los reclusos que era adicto a las drogas (fumón) le informó sobre este hallazgo. Chuqui de inmediato fue hasta un pequeño terral y comprobó que había un hueco.
Fue entonces que los que encabezaron la fuga lo retuvieron. Era el día D, como se dice, día final y culminación del proyecto del túnel. Chuqui fue llevado a un lugar donde todos los involucrados esperaban la orden para ejecutar el dramático escape.
Pero algo hay que saber de Chuqui, algo de su trayectoria canera. De él se sabe que estaba recluido por robo, pero robo con organización delictiva, robo utilizando armamento de fuego pesado, y, sobre todo, realizando atracos elegantes, sin dejar muertos ni heridos. Le atraían poderosamente los bancos. Chuqui es todo un personaje. Súper inteligente, organizado, competente, eficaz, poseía don de gentes, lo que hoy denominamos “inteligencia social”. Me confesó que en sus años mozos ingresó a la universidad a la carrera de Administración ¡Qué sorpresa!”- me dije al escucharlo y observar su rostro sonriente y entusiasta con que se dirigía hacia mí.
Sin embargo, sobre nuestro informante pesaba una condena de cadena perpetua por la muerte de un policía que ocurrió en un asalto a un banco. “Uno de los nuestros hizo un disparo que no buscamos y nos involucraron a todos”, me reveló con nostalgia y cierto sentimiento de culpa.
Así que Chuqui no pertenecía al MRTA, no se metía con esa gente, no conocía su ideología, no tenía idea de aquel escape, y sin quererlo -para su sorpresa- iba a salir del recinto penal de máxima seguridad nada menos que a través un túnel que medía 250 metros.
Los que dirigieron el operativo ordenaron que a Chuquiruna le pusieran una capucha negra en la cabeza, a fin de que no viera y reconociera a los participantes. “Ellos estaban ocultos y en fila, esperando las órdenes y yo era uno de ellos”, contó el providencial personaje que en pocos minutos saldría volando como las aves hacia una Lima caótica y gris.
Dos camaradas mujeres engañaron a los celadores quienes fueron reducidos por hombres que cargaban armas de guerra. El escape finalmente se concretó. Todos ingresaron al túnel y salieron hacia una casa cercana al penal. Los medios de comunicación a una sola voz reportaron la noticia que impactó no solo al Perú, sino también al mundo.
En el exterior del penal Castro Castro, aquella madrugada, Chuqui se encontraba a bordo de un camión que corría raudo por la carretera, llevando al grupo de emerretistas que fueron bajando en el trayecto.
“Cuando me sacaron la capucha, vi que uno de ellos tenía un canguro. Creo que era el tesorero, él me dio un fajo de billetes que era para alquilar un cuarto y esconderme por algunos días”, indicó el exinterno luego que bajó cerca de la plaza de Acho.
Esta libertad repentina, y con los bolsillos llenos, no le duró mucho tiempo a Chuqui, pues meses después fue nuevamente recluido en el penal tras cometer otro robo con su banda, pues como reza el dicho: “la cabra siempre tira para el monte”.
Hoy, nuestra Policía Nacional del Perú realiza una nueva investigación sobre un caso similar, un túnel de 200 metros de largo descubierto el lunes 7. De ellos esperamos su gran profesionalismo. Su oportuna intervención nos ha librado de un escape bochornoso que a todas luces ha sido coordinado desde dentro por presos condenados por narcotráfico, según las primeras informaciones, del cártel de Sinaloa.
Actualmente, hay pocos internos recluidos por terrorismo en el Castro Castro. Sin embargo, aún tenemos topos muy inquietos, una fauna canera poco estudiada, a los cuales hay que vigilar de cerca ¿Será este hallazgo el último que nos enteremos? ¿O tal vez, haya otros en otras regiones a punto de lograr su objetivo?

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