LA PLUMA DEL FÉNIX

COLONIZACIÓN EN EL NUEVO PARADIGMA: LA EDUCACIÓN Y EL SÍNDROME DEL HOMO VIRTUALIS:

 

Escribe: Ricardo Cabanillas Aguilar

Lo único cierto es lo incierto en el túnel pandémico que conduce a la tierra prometida del “homo virtualis”. Todo se licúa, todo se deshace. El amor, la ciencia, el arte, la religión,  las ideologías y las utopías. Este deshacimiento es un cambio de piel propio de la posmodernidad. En esta nueva cultura o “Edén tecnológico”, el gran demiurgo “homo economicus” es el gran hechicero y anestesista sobre el destino que a su sedicente antojo nos espera. A través de su proyección genética, el “homo virtualis”, exacerba nuestro egoísmo y soberbia. Nos exige competir digitalmente, aun licuando al otro, para asegurar nuestra sobrevivencia. Nos educa en rituales narcolépticos para ser colonos robóticos en su empíreo paraíso tecnológico. Colonos codificados y engrilletados en la nueva economía globalizada. Colonos adictos al consumismo masoquista, afiebrados y sonámbulos. Colonos del nuevo establishment cuyas prácticas de convivencia serán a través del pandemónium cibernético (lo anunció el profeta Bill Gates & Cía). Todo por el ordenador y la red virtual: internautas en una red cuántica de hologramas virtuales, bonos, tarjetas de crédito, maquillajes góticos y sueños de amor ginoide.  (la ciber barbarie de la nueva civilización en el clímax del hedonismo tecnológico).  Extrapolando los conceptos de Cendoya (2013), solo sobrevivirán los “digitalis”, niños y jóvenes que han nacido en las entrañas de la cibertecnología como la nueva especie del siglo XXI . Serán expulsados los prebotónicos  (adultos que solo aprendieron a enviar un e-mail a sus nietos) y con mucho esfuerzo, aceptados los botónicos (jóvenes que lograron certificar su “competencia digital” en la “acreditación de la calidad educativa”.

A esto queríamos llegar.  Al final del túnel, una mirada a la educación confinada, históricamente vapuleada, cultural y socialmente desdeñada. Perdimos la oportunidad. La educación, herramienta cultural, para humanizar al humano en todo lo que tiene de humano (Peñaloza), fracasó en su justa tentativa. Hoy está agónica. Fue utilizada en los cartabones electoreros por los políticos rufianescos para sus ventrudos fines. Fue convertida en un instructivo calco de las acríticas e insolidarias políticas educativas externas. Pudimos haber logrado buenas prácticas educativas como en Japón para enfrentar confinamientos, s distanciamientos sociales ante cualquier desastre o bicho pandémico.  Pudimos haber sido arquitectos de nuestras raíces axiológicas para forjar una cultura menos quejosa, egoísta y ponzoñosa. Una cultura amnésica que se esconde en su silencio; y en su silencio, la propia lástima de su historia falaz e inconclusa, está condenada a reescribirla (Basadre, Mariátegui, Encinas).

Hoy, el coronavirus también se ha ensañado con la educación. Ha tornado invisibles a los educandos y maestros. Los ha expulsado del aula presencial y los ha confinado en el ciberespacio ficcional del “homo virtualis”. Un ministro (y el Estado) – sin el cuajo pedagógico vivencial, sin la narrativa épica del maestro y sus educandos, excluidos por el sistema-, jamás tantearán siquiera la esencia semántica de la palabra educación. Solo se limitarán a ejercer su gestión desde sus añosos escritorios. Crear dudosos logros exitosos, apoyado por el sistema mediático (para eso se han hecho los medios). Como un operador más del ignominioso “homo economicus” mundial.

Hoy los maestros están condenados a superar el “síndrome del homo virtualis”, pasar del rango prebotónico cuando menos al nivel  botónico. “aprendo en casa”, “adecuación virtual”, “competencias y mentoría”, etc., supervisados por el  Ministerio, la SUNEDU y demás mercaderes de la calidad.  Resistir el síndrome del “homo virtualis” es el desafío del maestro. Coexistir sentado e insomne frente al ordenador o al smartphone. Atrapado en la incertidumbre existencial, educando sus dedos en la experticia de aplicativos, links, redes,  interfaces, hipertextos, plataformas, Meet, zoom, etc. Sentado y casi apolillado, en su silla órfica, consumiendo estrés, glucemias, hipertensión, cálculos renales, biliares y hemorroides, pero resistiendo y sobreviviendo con heroísmo la pandemia y la recesión económica.

El síndrome del “homo virtualis” es una marca tangible, un celebérrimo indicador de que somos ahora parte ventral del “homo virtualis”, como proyecto del “homo economicus”, incluido el bicho pandémico. Un sedante para la angustia es otra angustia inspirada en las lecturas de Charles H. Fort y H.P. Lovecraft, y asumida por opinólogos y futurólogos, incluida la OMS. Entre fanfarrias mediáticas profetizan la aparición de nuevas pandemias y desastres. La NASA desclasificó sus archivos para mostrar ovnis en cuarentena y el paso del asteroide Apófisis en el año 2029. No obstante, un maestro rural, esperando la muerte que nunca llegó, recitó en la noche a las estrellas, así: “Como antiguo dinosaurio que soy, antes que caiga el hechizo final, debemos levantar nuestro último gruñido y morder el cielo con toda la fuerza del tiempo que nos queda. Hasta que caiga, engullido por nuestra dentadura, el “gran Hacedor” (“homo economicus”) con todas sus vistosas mitomanías, sevicias y alimañas”.

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