“LA SOPA TE ESTA MIRANDO” (O: esos ojitos negros)

“LA SOPA TE ESTA MIRANDO” (O: esos ojitos negros)

CRÓNICAS PROVINCIANAS

Por Gonzalo Rojas Samanez
El restaurante no tiene nombre ni letrero, en realidad tampoco es restaurante aunque cumple exactamente las mismas funciones. Es una “picantería” cusqueña ubicada en una calle antigua, bases incaicas, pórticos de piedra derruidos, muros y restos de un palacio imperial, a unas siete cuadras de la Plaza de Armas.  Hay otra picantería cerca que sí tiene letrero, en él se lee: “Picantería La Chuccha” que, en quechua, significa pelo o cabello, pero no es tan buena como esta, además, piensa Eloísa, ese nombre como que no anima a entrar. Eloísa está contenta, por fin el jefe da señales de humanidad y no solo órdenes, ukases como ametralladora, ¿por qué está siempre preocupado, apurado, inquieto este caballero, es como si le hubiese picado el bicho de la inquietud? A él no le ha importado atravesar el corredor oscuro y sucio de la entrada que uff apesta horrible porque ahí nomás están los baños que son unos cagaderos y meaderos infames como los de los mercados, los cines, los municipios, los estadios o los ministerios, es decir, como en todas partes; el Jefe lo ha notado pero no ha dicho nada. Ay usted disculpará Jefecito pero así son estos sitiecitos y él tranquilo, irreconocible te digo, debe haber tomado algo el hombre, su tonelada de valeriana seguro. No te preocupes Eloísa, todo eso es parte del… color local, que le dicen. Ella nunca le lleva la contra al Jefecito, ay tan lindo que es este Jefecito aunque a veces le viene un genio maldito, es capaz de pelearse hasta con Dios. De repente hay oportunidad para llevarlo aparte y pedirle aumento porque lo que pagan en esta empresa de michi es una mi-seria mientras ellos se llevan la plata en carretadas, no es justo papay. Qué bueno Jefe, además el salón en su adentro es, ahí ya no apesta nadita, adelante por favor, pase, paseEl salón está compuesto por dos habitaciones comunicadas por un amplio portal, la primera da al minúsculo patio interior y la segunda a la cocina; pisos de tierra, paredes sin enlucir, cuyes mañosos y gallinas peladas que corretean entre las piernas de los comensales, en un costado el enorme fogón a leña.
Todo esto es así –dice el Jefecito- como muy terrenal, muy auténtico, solo falta Martín Chambi con su cámara y un acromegálico detrás que espera su turno para una foto icónica jajajá. Se nota que no es para turistas. 
No, no es –responde Eloísa–, los turistas odian estas cosas, sólo ha venido un gordito pelado de un programa de comidas extremas que pasan en Travel and Living me parece, el ñato hizo como que comía para la cámara y luego, bueno, mejor no entrar en detalles. Un fraude.
La gran pizarra colgada en la pared medianera ofrece una lista de platillos, todos confeccionados con esas partes de la vaca y del toro que en otros países no se consumen o sirven de alimento a otros animales no humanos. El corazón trozado a la parrilla por ejemplo compone unos deliciosos anticuchos con papas y choclo tierno, es el platillo más conocido; con la cola de buey se hace una sopa sustanciosa pero también un asado que es como para chuparse los dedos y así por el estilo: el libro, la parte culta de la digestión vacuna, es la base de un guiso delicioso que en la costa se llama caucau pero aquí se conoce como “rachi de panza”; los sesos son hervidos y luego presentados con una zarza picante, o fritos en mantequilla, los intestinos se preparan como el corazón, es decir a la parrilla con un aderezo especial, los testículos soasados o guisados, la ubre y el hígado componen deliciosas tortillas, sea en punto de chicharrón o apenas sellada para que conserve su consistencia sanguínea y no pierda esa grasita tan rica que da sabor y es muy nutritiva. Todo es comestible en los vacunos y auquénidos: las patas, los pulmones, el bazo, los riñones, los testículos, la vejiga, la verga, y desde luego la lengua que compone un seco o un estofado verdaderamente espectaculares. Pero la estrella de la culinaria serrana es el caldo de cabeza de vaca o, preferiblemente, de cordero, que habitualmente se consume en la madrugada para recuperar fuerzas y lucidez luego de una noche de copas una noche loca. El grupo está integrado, además de Eloísa, asistente de comunicaciones, por Ethelvina Rivera, jefa de archivo, Graciela Tunda, secretaria de gerencia y doña Herminia Rumiñahui, coordinadora de Recursos Humanos, todas ellas cusqueñas, y, claro, el Jefe: limeño, chato, calvo, renegón, barba candado.
– Si me permiten ustedes señoras y señores, ejém… apenas se sientan ante una mesa grande, tosca y mal balanceada, Ethelvina, como la mayor del grupo, de pie, se prepara para ensayar una presentación a la altura de las circunstancias y espera con la solemnidad que corresponde hasta lograr la atención silenciosa de todos- gracias amigos, bueno sólo quiero agradecerle a usted señor gerente general de la empresa por la deferencia que ha tenido de aceptar nuestra invitación a almorzar en este lugar típicamente cusqueño que esperamos sea de su agrado.
– Bueno … -Eloísa se pone de pie. Ella también ha preparado mentalmente un discursito en el que da la bienvenida al Jefe a este sencillo pero significativo evento de camaradería, solaz y esparcimiento precisamente aquí, en este lugar representativo de nuestra hermosa Capital Arqueológica de América, Ombligo del Universo, capital histórica del Tawantinsuyo, cuna del Imperio Incaico…
– Un momento Eloísa que no he terminado -Ethelvina baja una ceja y levanta la otra, un gesto que nunca falla en el propósito de imponer respeto- Siéntate.
– Pero…– protesta tibiamente Eloísa.
– ¡Shhst! … Como decía antes de ser interrumpida por personajes desubicados socialmente y sin educación, este es un restaurante típico del Cusco, lo que nosotros llamamos una picantería. Aquí en esta pizarra puede usted ver la lista de los platillos. Lo que podemos ir pidiendo para adelantar es algo de beber, hay cerveza, gaseosas, pero yo le recomiendo la frutillada que en este preciso momento ya nos están sirviendo. Quiero permitirme agregar que desde que usted ha llegado a la Gerencia General de la empresa ha dejado usted notar su mano firme, su visión señera y su determinación insobornable para introducir cambios que a mi entender venían siendo necesarios y por qué no decirlo, impostergables para el buen desempeño de nuestras actividades. Lo hemos visto hoy en la ceremonia religiosa en la que acabamos de participar pues su actitud de recogimiento y sencillez marca un hito en la historia de…(un par de minutos de franela)… por ello solicito a los presentes levanten su copa, en este caso su vaso, y brindemos por la compañía y en especial por el Jefe aquí presente. Salud.
– Salud. Hmm… qué rico –exclama el Jefe- ¿Es de frutilla?
– No. Lo que pasa es que aquí le llamamos frutilla a la fresa.
– Ya.
– Yo creo que aquí la amiga Ethel ha dicho casi todo… Estee… –Eloísa, de pie, ya olvidó lo que iba a decir.
– Perdón, E-thel-vina, si no es mucha molestia Eloísa, mi nombre es Ethel-vina, no Ethel, ¿te gustaría que te llamen Elo?
– Está bien, no se ponga así. Esteee… le quería preguntar al Jefe aquí presente: ¿La segunda frutillada lo va a querer con su “poltín”? – es obvio que Eloísa piconaza trata de capturar la atención del Jefe.
– ¿Qué es eso? –pregunta el Jefe ahí presente.
– Su poltín es que después de servirle en el vaso le echan una fresa entera, cuando cae, la fresa hace ¡pol-tín!
El Jefe sonríe. Es hasta simpático cuando sonríe.
– Gracias señora por sus amables palabras -dice el Jefe mirando a Ethelvina. Parece contento. ¿Qué habrá hecho antes de venir aquí? Seguramente que ha estado viendo el cuadro de despidos.
– Perdón –corrige Ethelvina- señorita, como las de antes y a mucha honra.
– ¿Cómo?
– Así es. Señorita con todas las membranas en su sitio.
El Jefe sabe que la señorita Ethelvina tiene ya 75 años, que ha sido profesora de inglés y conductora de un programa de música clásica en radio Salcantay, pero no tenía idea de lo de las membranas. En Lima nadie anda por ahí hablando sobre el estado de sus membranas. En realidad todo el mundo, incluyendo a los Jefes, le tiene terror. Alta, plana, cabello entrecano, muy corto, ojos grandes que derivan a la desmesura gracias a dos lunas como lupas que convierten cada pestaña en un objeto perfectamente definido, discernible y con vida propia, cada pestaña es un ser independiente que se agita de manera distinta, en el mentón cuadrado hay varios pelos más gordos y largos que las pestañas pero sin la personalidad de estas. Siempre seria y ceremoniosa, Ethelvina no camina, marcha por el mundo con aire prusiano, desafiante, enmendándole la plana a todos y solo cuando le hablan de sus sobrinos, los hijos que no tuvo, tiene que salir corriendo para encerrarse en el baño a llorar. Vienen de participar en la procesión del Señor de los Temblores. El Jefe ha cargado el anda como si fuese un creyente más.
– Ay doctor –dice Doña Herminia sacando todo el pecho que puede- se ha ganado usted un sitiecito en el cielo.
– ¿Usted cree? –sonríe el Jefe algo desconcertado.
El Jefe se deja doctorear. Le han dicho que doña Herminia desciende por línea directa de una familia importante, una de las que lideraba el sector aristocrático del Cusco en épocas incaicas, el llamado Bajo Cusco o Hurin Cusco. Doña Herminia, como Etelvina, tampoco camina, ocupa territorio, se desplaza como un acorazado en alta mar. Fornida, cabello teñido al castaño claro, siempre bien vestida, grandes collares de piedras brillantes, pendientes vistosos, anillos de ópalo: es una coya, una mujer de la nobleza quechua en versión moderna. Al Jefe le han dicho que Eloísa, en el otro extremo, es una típica Hanan Cusco, de las otras familias, las pobres que se establecieron en las partes altas de la ciudad. Si Eloísa es una ñusta, Doña Herminia es Mama Ocllo, esposa del Inca. En el Perú andino y en los pueblos jóvenes que rodean Lima, lo bajo es tradicionalmente considerado mejor que lo alto, hay que ser importante para ocupar la parte baja del valle o de los cerros. No es necesario decir que Eloísa y Herminia se detestan escrupulosamente.
– ¿Y cómo se imaginan ustedes más o menos que sería el cielo? –pregunta el Jefe mientras bebe su frutillada a sorbitos.
– Mire señor Jefe –interviene Graciela– la frutillada se toma así, seco y volteao como dicen en Lima.
Graciela Tunda, secretaria de gerencia, levanta la cabeza y de un solo viaje vacía el contenido del vaso. Quien lo diría, es delgada, 24 años, soltera sin compromiso, podría ser considerada una mujer atractiva, la cintura diminuta, grandes ojos color miel, la piel tersa y aporcelanada, pero tiene un problema en la mirada, un tic nervioso que parece obedecer a una programación neuronal y activarse por un “timer” biológico perfecto que se echa a andar indefectiblemente cada tres minutos y sin razón aparente: de pronto, comienza a parpadear demasiado rápido, cada vez con mayor velocidad, entrecierra los ojos como si estuviese en trance, luego adopta una expresión fija, de anfibio, mientras jadea pesadamente, todo esto no dura ni 20 segundos. Se convierte en una rana jadeante durante un instante y regresa a su expresión habitual de chica simpaticona y alegre como si nada hubiese pasado.
– O sea, después del fulbito viene el fullvaso pero de frutillada bromea Graciela aludiendo a un comercial de cerveza. La miran con conmiseración. Durante un rato discuten animadamente sobre las características que debe tener el cielo, es decir el lugar al que iremos al morir, claro, si somos buenos y hacemos méritos ante los ojos de Dios en esta vida. Graciela cree que debe ser como un spa, un hotel de cinco estrellas, un paraíso en el que la gente se dedica a disfrutar, al relax y al sano esparcimiento. Doña Herminia y la señorita Ethelvina no están de acuerdo, en un sitio como ese habría muchas tentaciones, pecados como la gula y otros peores. No, tiene que ser casto, tranquilo como un convento.
Ay señorita –replica Graciela algo achispada por la frutillada–, con las cosas que pasan en los conventos… Ahora, si el Jefecito va a estar en ese sitio yo me anoto.
– Ay hija, no te pongas moño –exclama Ethelvina.
– ¿Cómo es eso? –pregunta Eloísa
– Le digo que no se regale –explica la señorita Ethelvina.
– No entiendo nada –proclama el Jefe.
– Doctor, usted disculpe, no les haga caso a estas regaladas –tercia Herminia– yo pienso que el cielo seguramente va a ser como era el Cusco en el Imperio Incaico.
– ¿Con su Hurin y su Hanan? ¿Antes o después de las reformas del gran Pachacútec?pregunta el Jefe tratando de demostrar que conoce algo de historia.
– Claro, puede ser, salucito por eso doctor, salud –dice apresuradamente Doña Herminia sacando harto pecho y tratando de no perder ni por instante el aire y la dignidad propia de una coya del Bajo Cusco que no ha leído a Rostworosky- díganos, cuéntenos qué le pareció la procesión del Taytacha de los Temblores Patrón Jurado del Cusco.
– Todavía tengo ñucchu en los bolsillos –dice el Jefe mientras extrae un puñado de diminutas flores rojas, tomas una, tiras de los bordes de dos sépalos y ahí aparece clarito la forma exacta del Cristo en la cruz- bueno, nada, o sea, impresionante ¿no? Especialmente el miedo de la gente, la gente le tiene terror al Cristo ¿no?
– Eso no es temor, se llama devoción, se nota que usted es de Lima –reprende Ethelvina acremente- guárdese ese ñucchu, es bueno para los pulmones, se toma como mate.
Ethelvina es cabeza de pollo, ya está un punto más que achispada. Siempre que bebe se pone respondona. Doña Herminia cuenta la historia de los dos terremotos que pararon cuando la gente sacó al Cristo en procesión.
 ¿Dice usted que cuando sacaron al Cristo paró el terremoto?
–  –responden ellas al unísono.
– ¿Y entonces por qué no lo dejan afuera de una vez y nos olvidamos de tanta vaina? –desbarra el JefeSilencio en la noche. Ethelvina responde bajando las cejas y las pestañas casi hasta el suelo mientras las representantes del Hurin y el Hanan Cusco, por un momento unidas ante la agresión van de la sorpresa la indignación sin estaciones intermedias. La risa nerviosa de Graciela no ayuda en nada.
– Mire caballero, a ver, ¿cómo le explico? –Ethelvina acaba de degradarlo, de doctor a simple caballero- aquí en Cusco mi querido señor –ahora ya ni a caballero llega– no es como en Lima, la blasfemia no nos parece cosa graciosa.
– Perdón, fue un mal chiste.
La procesión es en realidad un paseo, el Cristo que está tan solito todo el año visita un ratito a sus amigos y amigas, es decir a los santos y santas de otras iglesias. En algunos casos es el o la visitada quienes salen hasta la vereda para saludar al compadre pero en otros el Cristo entra al atrio o a la iglesia del visitado y ahí, a puerta cerrada, ante muy pocas personas, se le cambia de sudario que es un paño grande, primorosamente bordado con hilos de oro y joyas. Los sudarios son distintos de acuerdo a la cuadrilla o hermandad que está encargada de llevar el anda en ese trecho. Ahí, durante un instante, el Cristo se queda sin ropa. La pregunta impía que se hacía el Jefe es: ¿Tiene órganos sexuales el Taitacha? Cuando se produjo el cambio de sudarios apareció un discreto paño de lino blanco debajo del sudario, como un pañal, pero, a contraluz, el Jefe pudo ver un perfil limpio, no hay nada. No tiene nada, como decía el inmortal Augusto Ferrando, conductor de programas sabatinos de concurso.
– Mejor sírvase su caldito de cabeza de cordero doctor –sugiere Herminia, como quien indica que se deje de decir tonterías.
– Gracias. Hmm qué cosa tan rica.
Todos observan al Jefe con inocultable expectativa. De pronto la cuchara se detiene a medio camino. El Jefe se ha puesto pálido, tiene la boca abierta.
– La sopa me está mirando.
– Ahh -exclama la señorita Ethelvina impertérrita- deben ser los ojos del cordero.
– ¿Cómo dice? –la voz del Jefe se ha reducido a un hilillo miserable.
– Claro, es la parte más rica.
– A mí me gustan más las orejas –tercia Eloísa siempre en plan de aporte constructivo. El doctor, demudado el semblante, coloca la cuchara en el plato y lo empuja más allá.
– Doctor, ¿no va a tomarse su sopa?
– No, gracias, ya ha sido… prefiero… en realidad yo…
– Ah, seguro que se está guardando para el segundo el doctor­– Dice Herminia. El Jefe no luce muy bien ahora, seguramente le ha caído mal la altura.
Al rato y gracias un par de vasotes de frutillada el Jefe se recompone y se dirige a Eloísa en plan de hacer conversación para olvidar esos ojitos negros que lo miraban desde la sopa.
– Eloísa, ¿cómo está Armando, tu marido? ¿Sigue teniéndole celos a Julio Iglesias?
– Ay no, nada que ver, le cuento Jefe. Cuando yo regresé de Lima y me entrevistaron aquí del Diario Del Cusco, me preguntaron: ¿Es cierto que en la conferencia de prensa en Lima Julio Iglesias te dio un beso? Yo dije que sí, no soy de decir mentiras, ¿y qué te pareció? Yo dije que fue un beso común y corriente, nada especial y peor, pusieron eso en primera plana, FUE UN BESO CUALQUIERA como si yo me besara todos los días con los ricos y famosos, ay si mis coleguitas son… Mi esposito felizmente es un alma de Dios es el Armandito. No sale, no se jaranea como otros. Me ayuda bastante.
– ¿Está trabajando?
– No pues. Desde que salió del Instituto Nacional de Cultura porque le metió un combo al jefe no ha conseguido otra chamba, va a la radio pero eso no rinde…
– ¿No le pagan en la radio?
– No. Pero él no tiene la culpa de eso, un buen hombre es, justo yo quería ver si usted puede…
– ¡Cómo no va a ser bueno si te hace todo el trabajo, tú no sabes ni usar la computadora! interrumpe la señorita Ethelvina sin perder su aire a águila de Plaza Sésamo.
Todos ríen, Eloísa también aunque sin nada de ganas. Regresa a su plato. Se queda en silencio observando el trozo de ubre frita. La conversación deriva hacia temas de la empresa. El Jefe explica las estrategias que están implementado para captar nuevos mercados. Implementando, repite. Implementando. De pronto se detiene y observa a Eloísa. Ella ha ido poniéndose colorada y después morada, no pestañea, parece que se ha atragantado con un hueso.
– ¿Te sientes bien Eloísa? –pregunta el Jefe.
Ella cierra los ojos. Al abrirlos nuevamente Eloísa ha implementado una expresión extraña, las lágrimas saltan llevándose el rimmel y la base y los polvos y el colorete de las mejillas, es un estallido de llanto que se autoimplementa desconsolado e irrefrenable.
– ¿Qué te pasa?
Abrumada, desbordada por la emoción, Eloísa no puede explicar, no puede hablar, no implementa palabra alguna, apenas logra señalar hacia la señorita Ethelvina con un dedo índice curvado por el sufrimiento.
– ¿Qué? ¿Qué pasa con la señorita Ethelvina? –pregunta Graciela.
– ¿Por qué me has dicho eso? –articula por fin Eloísa con voz gutural.
– ¿Qué cosa Eloísa? –pregunta el Jefe.
– Que mi esposito hace todo mi trabajo. ¿Qué va a pensar mi Jefe aquí presente?
– Nada –responde el aludido allí presente- nada Eloísa, yo entendí que era una broma.
– Esas bromas no se hacen –responde Eloísa y luego sobreviene otra descarga de llanto de mayor magnitud que la anterior. Un cataclismo sentimental.
– Mi querida Eloísa –dice la señorita Ethelvina con seriedad himmleriana, como si estuviera leyendo un comunicado oficial o una sentencia judicial- si algo de lo que he dicho te ha ofendido, pues te pido disculpas de todo corazón, en verdad no era mi intención. Te doy todas las satisfacciones que requieras y espero que con esto demos por terminado este penoso incidente.
Fin del comunicado oficial. Pero no. Eloísa, quien navegaba en un mar de llanto, tempestuoso, borrascoso y violento, ha naufragado del todo y está muy lejos de dar por terminado el incidente.
– Eloísa no hagas otra vez esto. Ya te dio satisfacciones, te pido por favor que dejes de hacer escándalo, todo el mundo está viéndonos –le espeta Doña Herminia tratando de poner en sus palabras todo el peso históricamente aristocrático de una coya con ancestros incaicos y empaque de electrodoméstico eso sí, en línea blanca y de última tecnología. La respuesta de Eloísa se traduce en hectolitros de moco, lágrimas y abundancia de quejidos y balbuceos incomprensibles. Su rostro desencajado, las facciones crispadas.
– Eloísa –la señorita Ethelvina, sumamente molesta- te conmino a terminar de una buena vez por todas con esta payasada, le estás malogrando el almuerzo aquí a nuestro ilustre invitado. Doctor –el Jefe recupera estatus- mil disculpas por esta bochornosa peripecia, termine nomás su verga de toro con solterito y nos vamos, no hay apuro, ¿sí? Bueno. Está bien, Es una pena, ahora el Jefe no va a querer ir nunca más a almorzar con nosotras.
Es inútil. Nada es más fuerte que el llanto de Eloísa. Llorará en el auto de regreso a la oficina, llorará toda la tarde y toda la noche y al día siguiente seguirá llorando cada vez que vea a la señorita Ethelvina, a Graciela o a cualquiera de los involucrados. Es lo usual: tres días de llanto, llorar hasta la deshidratación. No llora por eso –dirá Armando, su esposito, en privado- llora porque hasta ahora se arrepiente de no haber atracado con Julio Iglesias hace una tanda de años en Lima, a mí no me engaña. (GRS).

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