Luis Perez – Egaña Loli

Luis Perez – Egaña Loli.

Un niño en 1975

Lima no era tan grande como ahora, mi familia llegó a La Aurora, Miraflores los primeros años de la década del 70, entre Tomas Marsano y Roca y Bologna. Recuerdo que soltaban el agua de regadío de una acequia, ramal del Rio Surco, venía del Rio Rímac. En los veranos el agua llegaba color chocolate espeso, arrastraba el barro de los huaycos de la sierra central. A veces pasaba una señora con muchas ovejas y otras tantas aparecía una avioneta a vuelo rasante para fumigar unas chacras que habían en Higuereta, no hace mucho, en los ochentas, se abrió paso la avenida Aviación y la Villarán, llevándose el ultimo establo lechero. Así de apacible transcurría la vida para un niño en 1975.

El presidente Juan Velasco Alvarado, vivía a 6 cuadras de mi casa, a mí me gustaba salir a la puerta y sentarme en un banquito de madera a contemplar su paso diario hacia palacio de gobierno, me impresionaban las tres filas de motos que iban delante y detrás del coche principal, además de los patrulleros y los autos negros con banderillas del Perú en el capó.  Era toda una caravana.

A veces íbamos a recoger a mi padre a la Avenida Wilson en el centro de Lima, ahí trabajaba el  y al regreso veíamos como se encendían fogatas en las bermas de la Avenida República de Panamá, la gente quemaba la basura. Alguna vez esa pista fue la salida de Lima y se llamaba  Panamericana, hasta que construyen la autopista actual. En ese trayecto pude ver los últimos ómnibus Chinchano pasar rumbo al sur del Perú.  Los Trujillo Express salían del mismo centro de la ciudad.

El 05 de febrero de 1975, desperté a primera hora por que era cumpleaños de mi primo Carlitos Campos Aboado, mi padre me dejó en su cas,a que estaba de camino a su trabajo, jugamos, con un tren gigante que venía en una maleta y se lo había regalado su padrino Jorge, era de cuando era niño y abarcaba una habitación.  Almorzamos y seguimos jugando, hasta que llegó la hora del santo, todo estaba listo, la torta y los bocaditos que preparó la Sra. Mery su abuela, así que esperamos, esperamos y seguimos esperando, pero nadie llegó. Ese salón de comedor y las salas con sillones y gobelinos, esa tarde no recibieron visitas. Sin embargo, no hacía falta, estaban los hermanos Chino, Tito y Mané, mas el ingenio de mi tía Ada que con un palo y tres piedras sabia armar un campeonato de cricket. La felicidad del onomástico nadie la pudo destruir.

Toco la puerta mi papá, para contarnos que había un enfrentamiento entre el ejército y la policía (en ese entonces integrada por la Guardia Civil, Guardia Republicana y Policía de Investigaciones PIP). Nos fuimos a paso apurado a buscar su carro y recuerdo vagamente mirar a la derecha y ver a lo lejos una columna de humo. Algo pasaba en el centro de Lima.

A mis cinco años era un buen receptor de eventos que hoy los entrelazo y saco mis conclusiones, nunca hice muchas preguntas.  Al subir al auto de inmediato saque un par de carritos matchbox del bolsillo y empecé a jugar en el asiento de atrás. Sin cinturón de seguridad por supuesto, en esas épocas eran un adorno. Tal vez era mi mecanismo de defensa para no querer entender.

Esa misma tarde arrancó un toque de queda. Flash, informativo: Tawa Canal Limamanta Pacha, el Gobierno del Perú, declara el toque de queda a partir de las 6 de la tarde del día de hoy.

Los tanques pasaban por la calle, mi papá salió y les gritó algo desde la puerta de casa, mi madre lo calmó. En la madrugada oíamos tiros y en las mañanas yo recogía los casquillos de las balas que aún estaban en las veredas. Dos años antes mi padre estuvo mucho tiempo internado en un hospital, íbamos a verlo todos los días, mi madre manejaba por la costanera desde Miraflores, el camino era larguísimo cosa que me daba tiempo de jugar en la parte trasera con una fila de autitos. Siempre había un policía en la puerta, después de años encontré un artículo de periódico en el que decía que mi padre quedaba absuelto por una acusación fechada alrededor de la ocurrencia del golpe de estado, siendo el, Teniente Alcalde de un distrito Limeño por el partido derrocado.

De ese tema nunca se habló, una vez le pregunté a mi abuelita y se le llenaron los ojos de lágrimas, decidí no hacer ninguna consulta. Un par de veces vi a mi padre conversar en el auto con señores que aparecían en la televisión como políticos. Yo seguí sin preguntar, solo alguna tarde me dijo. Sambo nunca te metas en política.

Recuerdo eventos aislados, hoy se dé que se trataron, por ejemplo; Mis primos dejaban su hacienda en la sierra central y venían a vivir a Lima, mi madre renegaba del presidente, el quechua estaba muy presente en la educación, se hablaba de algo llamado reforma agraria y notaba que todo estaba medio dividido.  En mi familia habían de los dos lados, afectados, Ministros de estado, Generales, Comandantes, Policías. Yo siempre queriendo a todos.

Regina Duarte, trabajaba con mi padre en la Compañía Hotelera Costera, era Secretaria Ejecutiva de la academia “Margarita Cabrera” que según mi madre era “la tapa” Cuando decía eso yo mientras yo imaginaba diversos tipos de tapas y seguía jugando con mis carritos, haciéndome el que no prestaba atención para que no me boten, calladito pasaba desapercibido y me enteraba de todo.

La Sra. Duarte era joven, recuerdo sus pecas y como decían una “Colorada” el pelo rojo, los ojos marrones y siempre vestida como narradora de noticias de canal 7.

La mañana del 05 de febrero de 1975 despertó presurosa para bañarse, vestirse y hacer el desayuno, imagino que saludó a su esposo, comieron algo y salieron a trabajar como todos los días por distintas rutas, ella tomaba un colectivo Callao, Lima, que eran unos autos grandes y cómodos que recorrían la Avenida Colonial hasta la Plaza San Martin, desde ahí caminó a sus oficinas, viendo en el camino el inusual paso de un par de Jeeps militares y dos tanquetas. No se percató de que no había presencia policial.

Hernán Carachama Vásquez, su esposo, tomaba los papagayos, unos ómnibus coloridos que también lo llevaban al centro de Lima, pero al almacén de Matusita, ahí se guardaban toda una serie de artefactos que vendía esta casa comercial. El era jefe de almacenes.

Por lo que cuentan, Hernán debe haber bajado del Papagayo y caminado hacia el almacén sin tener idea de lo que estaba ocurriendo. Escuchó el rugir de un motor y chasquidos de fierro, de pronto antes de llegar a la esquina, frente a él apareció una turba de hombres corriendo, sin pensarlo siquiera se sumo a la huida, no vio nada, pero tras ellos apareció un tanque T 55 lanzando una metralla que lo mato instantáneamente. Una bala de tanque generalmente es mortal.

El saldo ese día fue de 84 muertos y más de mil heridos. Al estar la policía en huelga, diferentes grupos de oposición quemaron las casas editoras de diarios capitalinos dirigidos por el gobierno, así como oficinas del aparato estatal ubicadas en el Centro Cívico y otras tantas.

Muchas personas que no tenían nada que ver con los asuntos políticos o con la protesta, aprovecharon para romper vitrinas e ingresar a las tiendas, Scala, Maruy, Chisa y cogieron lo que pudieron. Veías gente corriendo con licuadoras, empujando cochecitos llenos de alimentos y también a algunos quitándose las cosas entre ellos mismos, saqueador contra saqueador, esa mañana Lima fue una locura, el ejercito tomo el control casi al medio día y calabaza, calabaza todos corrían a su casa.

Recuerdo que mi tío Julio contó que se le cruzo un hombre fortachón con una batidora, el estaba regresando de la Backus, se miraron fijamente y quedo clarísimo que era un objeto robado. El hombre le dijo “Scala Regala” y partió la carrera.

Multitudes andaban por las calles, la gente comentaba “Hay saqueos en Lima” “Esta corriendo bala”

Regina llamó al día siguiente a mi padre a darle la noticia de la muerte de su esposo, escuche que la Matusita estaba corriendo con los gastos del sepelio. Dias después vino a la casa y narró los hechos a mi madre, mientras tomaban una hierbaluisa acompañada con unas bizcotelas que mi padre compraba cuando había alguna visita.

Su mirada triste, su dolor y por momentos su llanto, aun la tenían en un desconcierto absoluto Le preguntaba a mi madre. ¿Dónde estará mi esposo ahora, donde quedará el cielo? No note rencor hacia la dictadura, ni hacia el ejército, aún estaba aceptando lo que había pasado. Me lo mataron comentó.

Las muertes de improviso rompen el alma y dejan vacíos que nos convencen de que hay un lugar a donde van los espíritus.

El ejército le quitó el esposo a Regina, pero el destino llenó ese vacío. Irónicamente se casó con un oficial, con el que tuvo dos hijos que estudiaron en el colegio Pedro Ruiz Gallo. La vida es un pañuelo, después de treinta años un amigo me invito a una parrillada en su casa, quedaba en una residencial militar, cuando me presentó a su madre, reconocí esos ojos, ya con la pena borrada por el tiempo. Ella respondió a mi saludo como a cualquiera de los invitados, pero levantó el rostro cuando le dije Buenas tardes Señora Regina Duarte soy Lucho Perez Egaña.

 

 

 

 

 

 

 

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