MILAGRO DOMINICAL II

MILAGRO DOMINICAL II

Por: Gonzalo Rojas Samanez
Don Filócratas Mendoza, presidente regional, vive en una gran casa hacienda en las afueras de la ciudad.
–Tú espéranos aquí –pide el Cernícalo Rosales al taxista– no demoramos nada. Vamos jóvenes.
–Mi Presidente, nos hemos tomado la libertad de venir y perturbar la sagrada tranquilidad de su hogar por un asunto muy delicado y urgente.

–No hay problema Polito, las puertas de esta casa siempre están abiertas para la prensa independiente. Sírvase unas patitas de chancho, ahorita traen las cervezas. Dígame, en que los puedo ayudar muchachos.
–Gracias. Vea usted por sí mismo Don Filócratas
 –le entrega un par de fotos- fueron tomadas ayer. Ese sitio que aparece ahí es “Los Herrajes” un conocido prostíbulo que queda en…
–Sé donde queda
 –la voz de Don Filócratas adquiere un tono lúgubre.
–Don Filo, no se ponga saltón, no puede usted quejarse de que no lo cuidamos. Si no fuese por nosotros sabe Dios dónde estarían ahora esas fotitos.
–Ya veo cómo me cuidan. ¿Y los negativos?
–Eso ya es diferente.
–¿Cuánto?
–¿Cómo que cuánto? Por favor Don Filo, no ofenda usted. Nosotros no somos chantajistas.
–Nada que ver
 
–interviene “Lágrima…”– obviamente hay algunos costos que se deben asumir pero nosotros los hemos solventado de nuestro propio peculio sin ninguna condición; ahora, si usted, de motu proprio decide hacernos un presente navideño adelantado en efectivo no podríamos ser tan descorteses como para desairarlo.
–Ya. ¿Cómo sé que no aparecerán más de estas por ahí?
–Por favor
 
–alega Polito–, tiene usted nuestra garantía. Somos gente de palabra.
Soborno y cohecho. Diferencias y contexto de actuación
Discuten durante diez interminables minutos. Don Filo quiere saber quién le ha tomado las fotos.
–Bueno, no lo vamos a negar -responde Rosales- Armando es quien ha conseguido estas fotos y sus negativos antes que lleguen a manos de sus enemigos políticos de usted mi Presidente, debería estarle agradecido. Las miradas asesinas de Don Filócratas se dirigen ahora hacia Armando. Diez minutos más de discusión y por fin Don Filo atraca. Sale para hacer un par de llamadas y regresa.
–Todo arreglado, vayan mañana lunes temprano, nueve en punto, a la oficina de ESSALUD y ahí los va a recibir mi cuñado y les va a dar la plata a cambio de las fotos y los negativos.
–¿Cuánto?
 –pregunta Polito.
–No sé, déjenme ver.
–Pero…
–Caballeros, esta conversación ha terminado.
–Está bien
 
–trata de contemporizar Polito Rosales- no se arañe doctor. ¿Nos vemos más tarde en el estadio?
–Vete a la mierda.

El taxi ya no está. Regresan a pie. Conam y Lagri están contentos.
–¿Por qué le dijiste que yo llevaba el asunto? –pregunta Armando a Polito sin poder reprimir el disgusto.
–Mira compadrito, yo ya tengo bastantes bisnes con este huevón, no me conviene…
–¡A mí tampoco me conviene!
 
–exclama Armando.
–Bueno pues, si la cosa es en ese plan a mí qué chucha me interesa si te conviene o no. Ya es hora de que sirvas para algo en vez de ser un mantenido y estarte todo el día lamentando que tu mujer te sacó la vuelta con Julio Iglesias carajo. Qué más quieres, huevón. Toma, salú.
Ríen. Se cagan de risa. Beben ron de una botellita plana.
–Me tienen hinchado con esa estupidez –estalla Armando- váyanse a la puta que los parió mermeleros de mierdaY se mete al maizal. Sin querer se queda con la botellita. Llega a su casa a las tres de la mañana. Duerme poco y mal. Al día siguiente, después de una ducha fría se siente mejor. Son las ocho y media. No debería ir. Buitres. Que se queden con su coima. Yo no soy como ellos.
Papito, ¿vas a salir? –pregunta Eloísa mientras sirve el café.
–No sé, no creo, había quedado con una gente pero…
–¿Podrías llevármelo este casetcito en “Tevecien”?
–Claro.
–Ay gracias mi amor, un ángel eres. Esperas un ratito que te lo graben la entrevista que le hicieron ayer a mi jefe y me lo llevas a la oficina, ¿ya? De ahí yo paso una rendición de cuentas por cien soles, con eso ya podemos hacer la plaza, ya no nos queda un centavo.
–Claro.

Las oficinas de Tevecien están a pocos pasos de ESSALUD. Qué coincidencia. Espera un rato hasta que llega la señora Carpio, secretaria, ella le dice que no se preocupe, que ya habló con Eloísa. Que regrese en media hora. En ese mismo instante el cuñado del Presidente Regional saca un fajo de billetes de a cien de una caja fuerte empotrada en la pared. Lagri, Conam y Polito se miran emocionados. ¡Resultó carajo!
–No sé de qué se trata ni quiero saberlo, el presidente regional me ha encargado que entregue veinte mil soles pero él dijo cuatro personas. Aquí sólo veo a tres. Y habló de un sobre y unos negativos.
–Aquí está el sobre con los negativos. La otra persona no pudo venir
 –explica Polito.
–Gracias. Aquí hay diez y aquí otros diez más. Tenga Don Polo, firme aquí.
–¿Yo?
–No, la hija del Papa. Firme. Ya le he dicho, yo me limito a cumplir las instrucciones.
–¿Por qué yo? ¿No podrían firmar estos dos huevones?
–No señor. Mis instrucciones son claras, o firma usted o no hay mosca.

–¡Firma carajo!
 –exclaman Conam y Lagri al unísono.
Salen. Desde la oficina hasta la puerta exterior hay un largo pasadizo. Mientras tanto Armando reconsidera su posición. Ya metió cincuenta soles en ese bisnes. Por lo menos debería recuperar esa plata. Sale corriendo hacia ESSALUD. En ese instante, en aquel hall interminable se produce el milagro de “la multiplicación de los panes” pero en reversa como “la división de la mermelada”.
–O sea que son cinco mil soles por cabeza –Polito hace cuentas mentalmente y entrega a cada uno lo suyo, caminan despacio, luego agrega- eso sí, es una concha que ese huevón del Armando se lleve tanta plata sin haber hecho ni michi.
–Es cierto. Es una concha -coinciden Lagri y Conam.
–¿Qué tal si nos quedamos con cinco quinientos cada uno? –sugiere Lagri.
–Buena idea, sería más justo –coincide Conam.
–Aquí tienen, quinientos más para cada uno.
Reemprenden la marcha.
–Una cosa –reflexiona Conam- se acuerdan de lo que nos dijo ayer ese cachudo del Armando. Nos mandó a la puta que nos parió.
–Sí
 
–agrega Lagri- y nos dijo mermeleros.
–Es verdad carajo y se quedó con la botellita de ron 
–dice Polito y agrega:–  ¿y si le damos dos mil y nos quedamos con quinientos más cada uno?
–Claro. Es lo justo.
Siguen caminando. Nuevamente Polo se detiene.
–No sé lo que piensen ustedes, pero ese idiota del Armando no merece que seamos tan buena gentes con él. Ni siquiera ha venido.
–Cierto, nosotros nos hemos levantado tempranito a pesar de la resaca de anoche
 –dice Conam.
–De veras, no hay derecho.
–Ya
 –dice Polo Rosales- quinientos solifacios más para cada uno. O sea que le damos… guarden, guarden la plata que ahí está el cojudo esperando en la puerta.
–Hola Polito, Conam, Lagri
 –saluda Armando dándole la mano a cada uno- mil disculpas por lo de ayer, a veces con el trago uno dice tonterías.
–No te preocupes compadre, ya lo pasado, pasado, como dice José José
 –sentencia Polito.
–Los veo contentos, ¿Cuánto les dio?
–Una mierda compadre, dos mil soles, sale a quinientos por cabeza, toma tu parte.
–¿Quinientos soles? Genial, eso significa que mis cincuenta soles se han multiplicado por diez. Puta, se pasaron muchachos, vamos, les invito un chifita.
–Claro
 –responde Polo Rosales resplandeciente- somos chifa.
Los cuatro amigos se alejan abrazados cantando “Yo quiero ser un triunfador, de la vida y del amor” mientras Armando piensa: por fin la suerte comienza a sonreírme(GRS)
FIN

Nota del autor: Primero, gracias por su apoyo en la publicación de las historias que se presentan en Crónicas provincianas, éstas, si bien basadas en casos y experiencias reales, son ficticias, no se refieren a ninguna persona o entidad específica habida o por haber. La idea es presentar un panorama amplio y comprensivo sobre el modo de vivir en las grandes capitales de región, completamente distinto al que se enfrenta en Lima. Si nos alcanza el tiempo y la salud reuniremos todas estas historias, en las cuales aparecen los mismos personajes y ambientes, en diferentes épocas, en un libro que puede ser de alguna utilidad para entender ese otro universo cultural y social que florece –o se extingue– en las llamadas provincias.   

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