Tormenta de Ideas

Jorge Zevallos-Quiñones Pita

     Los Vicepresidentes y el Perú

Desde que el primer Congreso Constituyente del Perú optara de cuajo, por el sistema de gobierno republicano y no por la transición política monárquica que aconsejaba el Libertador San Martín, se empezaron a perfilar los requisitos constitucionales para ser presidente y vicepresidente. Más, como bien lo afirma el tratadista francés Andre Hauriou, «los hechos son más fuertes que los textos».

Sucesivos golpes de estado hicieron trizas a nuestras primeras cartas magnas y entonces el Perú fue gobernado por generales que se irrogaron la salvación y el devenir de la patria. Solo tuvimos un solo vicepresidente hasta 1860, cuando conservadores y liberales, plasmaron en la flamante constitución de ese año, dos sucesores para el mando supremo, por muerte, enfermedad grave, viaje o incapacidad moral.

Lo gracioso es que no fue el exquisito ejemplo de la constitución norteamericana sino el atentado que sufrió el Presidente Castilla ese año y la enfermedad del único vicepresidente, el abogado Manuel del Mar y Bernedo, lo que llevó a los constituyentes a fijar ese novedoso precepto. El Consejo de Ministros, integrado por los señores Melgar, Morales-Alpaca y Pezet, quedó encargado del Poder Ejecutivo desde el 25 de julio hasta el 1 de setiembre de 1860, al ser dado de alta médica, Castilla. Era presidente del Consejo de Ministros el general Juan Antonio Pezet, el ministro más caracterizado en ese momento.

Estas dos vicepresidencias le vinieron como anillo al dedo al Perú. Al morir sorpresivamente el presidente San Román el 4 de abril de 1863, al encontrarse en Europa, en comisión del servicio, el primer vicepresidente Juan Antonio Pezet y ausente en Arequipa, el segundo vicepresidente, general Diez Canseco, el poder ejecutivo encargó la presidencia del Perú al ya referido General, quien retornó a Lima y gobernó la patria desde el 10 de abril de 1863 hasta el 5 de agosto de 1863 hasta el regreso de Pezet, quién fue ungido como jefe máximo de la nación.

Y entonces asomó la ruleta de las lealtades. Al iniciarse la revolución del coronel Mariano Ignacio Prado, el vicepresidente Diez-Canseco simpatizó con ésta, entrando en una insólita colisión política por el poder con el presidente Pezet. Al ir avanzando la revolución de Prado desde Arequipa a Lima y la posterior destitución popular en Lima del presidente Pezet, el vicepresidente Diez-Canseco asumió el gobierno del Perú desde el 6 de noviembre de 1865 hasta el 28 de noviembre de 1865, luego de reconocer al coronel Prado como presidente.

Dos años después, Diez Canseco, vicepresidente del Perú, inició una revolución en Arequipa contra su antiguo aliado, el presidente Prado, desconociéndolo como gobernante, tanto como al primer vicepresidente, general La Puerta, autoproclamándose «Encargado de la Presidencia» desde setiembre de 1867 hasta la entrega de su cargo en enero de 1868.

El serrucho también tuvo lo suyo con las vicepresidencias. En 1894, el presidente Morales Bermúdez fue encontrado muerto en su cama.  Por una jugada congresal, el sucesor en el mando supremo, Pedro Alejandrino del Solar, primer vicepresidente del finado, fue desplazado inconstitucionalmente del gobierno en favor del segundo vicepresidente, Justiniano Borgoño, hecho que llevo a del Solar a desplazarse hasta Puno, aliarse con las fuerzas pierolistas que habían repudiado el triunfo electoral de Cáceres y a «gobernar el Perú simultáneamente con su rival Borgoño» hasta agosto de 1895, impase que fue solucionado definitivamente con el reconocimiento posterior de la presidencia temporal consensuada de Manuel Candamo.

 

 

 

 

En 1904, las muertes del presidente Manuel Candamo y del primer vicepresidente Lino Alarco hicieron que el magistrado cusqueño y segundo vicepresidente Serapio Calderón, casi de chiripa, gobernase el país desde 18 de abril de 1904 hasta el 24 de setiembre de 1904.  Habría que preguntarse si en ese periodo de tiempo, Calderón hizo obras, tomó decisiones de gobierno importantes o si por el contrario, esperó pacientemente la elección de un nuevo presidente. También cabría preguntarse si Calderón tuvo fuerte conexión con su presidente o si fue solo un «convidado de piedra» para decorar la candidatura.

Casi noventa años después, luego de la disolución del congreso el 5 de abril de 1992 -un sorprendente autogolpe en olor de multitud- Alberto Fujimori entró en franca pugna política con sus vicepresidentes. El primero de ellos, Máximo San Román, fue declarado presidente por fuerzas opositoras al gobierno. El presidente Fujimori recurrió a las fuerzas armadas quienes «garantizaron la legitimidad presidencial». El segundo vicepresidente Carlos García y García, rechazó el autogolpe y se asiló en Buenos Aires. Fujimori quedaría huérfano de vices hasta 1995. Nuevamente la frase de Andre Hauriou, «los hechos son más fuertes que los textos».

Este trozo de nuestra historia presidencial aquí expuesto, más el reciente gobierno de PPK y las pugnas vicepresidenciales que sobrevinieron a su renuncia a la presidencia, muestran que este cargo no es decorativo, que los partidos políticos deben seleccionar escrupulosamente a sus candidatos. Que las lealtades políticas deben pasar por severos filtros e ir más allá de redacciones normativas bien intencionadas (Constitución, Ley del Poder Ejecutivo) y del marketing político. Como siempre, la política es principista y el poder, realista.

 

 

 

 

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